Mientras en la actual Europa el nuevo nacionalsocialismo asegura perseguir una ultraderecha imaginaria para así deshumanizar a sus contrarios, vive dividido en dos facciones bien definidas: la proislámica (actualmente en el poder) y la antiislámica (mucho más residual), aunque el odio a los judíos (camuflado de antisionismo) las une. El binomio formado por el nacionalsocialismo y el islamismo tuvo como uno de sus grandes anclajes, a principios del siglo XX, al líder palestino Mohammed Amin. Un oscuro personaje nacido en Jerusalén hacia 1897, en el seno de uno de los clanes más influyentes de la ciudad: la familia al-Husayni, cuyos miembros habían ocupado la alcaldía trece veces entre 1864 y 1920. Una figura histórica silenciada por completo en los medios de comunicación controlados por el nacionalsocialismo y que certifica la gran relación de amistad que siempre ha existido entre ambos movimientos criminales.
Estudió derecho islámico en la Universidad de Al-Azhar de El Cairo bajo la tutela del teólogo salafista Rashid Rida, quien le inculcó la convicción de que Occidente libraba una guerra permanente contra el Islam. Sirvió como oficial de artillería otomano durante la Primera Guerra Mundial y, tras el colapso del proyecto panarabista en Damasco en 1920, reorientó su actividad política hacia el nacionalismo palestino. En 1921, el Alto Comisionado británico Herbert Samuel lo nombró Gran Muftí de Jerusalén, cargo que al-Husseini utilizó para promover el Islam mientras movilizaba un nacionalismo árabe no confesional contra los judíos. También fue elegido presidente del Consejo Supremo Musulmán, institución que controlaba los tribunales islámicos de Palestina y fondos religiosos por valor de decenas de miles de libras anuales, recursos que canalizaría hacia sus fines políticos durante los años siguientes.

Su trayectoria antijudía no surgió de improviso con el ascenso nazi. Desde 1920 se opuso activamente al pueblo judío y estuvo implicado como líder de los disturbios de Nabi Musa de ese año, por los que fue condenado in absentia a diez años de prisión por incitación, aunque los británicos lo perdonaron. Durante la década de 1930, transformó sistemáticamente disputas territoriales en conflictos de naturaleza religiosa, presentando el asentamiento judío en Palestina como una amenaza al Islam en su conjunto. Lideró el Alto Comité Árabe durante la revuelta de 1936–1939, que terminó en derrota militar frente a las tropas británicas. En 1937, evadiendo una orden de detención, huyó de Palestina y se refugió sucesivamente en el Mandato francés del Líbano y en el Reino de Irak. Desde el exilio mantuvo contactos crecientes con las potencias del Eje: recibió subsidios de la Italia fascista y envió a su secretario personal Kemal Hadad como enlace entre los oficiales iraquíes proalemanes y los representantes del Reich.
El salto definitivo hacia la colaboración con el nazismo se produjo entre 1940 y 1941. Cuando Gran Bretaña incumplió los acuerdos negociados con los líderes árabes moderados, al-Husayni tomó la decisión de orientarse hacia Berlín. En el verano de 1940 y nuevamente en febrero de 1941, presentó al gobierno de la Alemania nazi un proyecto de declaración de cooperación árabe-alemana, que contenía una cláusula sobre el derecho de los países árabes a resolver la cuestión de los elementos judíos en Palestina y en los demás países árabes, tal como se había resuelto en Alemania e Italia. El lenguaje era inequívoco: al-Husayni no pedía una solución política de la inmigración, sino la aplicación en los países árabes del mismo modelo de eliminación que el nazismo ejecutaba en Europa. Tras el fracaso del golpe de Rashid Ali en Irak en mayo de 1941, huyó a Irán y de allí, con ayuda de diplomáticos italianos y japoneses, llegó a Roma en octubre. Se reunió con Mussolini el 27 de ese mes. El 6 de noviembre de 1941, un avión alemán lo llevó a Berlín, donde discutió el texto de la declaración con Ernst von Weizsäcker y otros altos funcionarios alemanes.

El encuentro con Adolf Hitler tuvo lugar el 28 de noviembre de 1941 en la Cancillería del Reich, en presencia del ministro de Exteriores Joachim von Ribbentrop y del antiguo embajador en Irak Fritz Grobba. Al-Husayni pidió a Hitler una declaración pública que reconociera las luchas árabes por la independencia y apoyara la eliminación del hogar nacional judío. Hitler se negó a hacer tal anuncio público, pero le pidió guardar en lo profundo de su corazón que el objetivo de Alemania sería únicamente la destrucción del elemento judío que reside en la esfera árabe bajo la protección del poder británico. Grobba, en su propio acta de la reunión, recoge las mismas palabras esenciales. Los alemanes alojaron a al-Husayni en una lujosa villa de Berlín y le destinaron una subvención mensual de alrededor de 50.000 marcos reichsmark. El consenso académico actual descarta que al-Husayni influyera de manera determinante en la decisión de lanzar la Solución Final, adoptada mediante un proceso burocrático interno del régimen entre 1941 y 1942 en el que los jerarcas nazis como Himmler, Heydrich y Eichmann fueron los actores centrales. Sin embargo, su colaboración activa con la maquinaria del exterminio durante los años siguientes está documentada con precisión.
A partir de 1942, al-Husayni se convirtió en un instrumento propagandístico del Reich de alcance geopolítico. El 18 de diciembre de 1942, en la inauguración del Instituto Central Islámico de Berlín, del que fue presidente honorario, denunció a los judíos como los enemigos más acérrimos del Islam, los acusó de haber provocado la Segunda Guerra Mundial y llamó a los musulmanes a liberarse de la persecución enemiga usando la violencia contra ellos. El 23 de diciembre de 1942, el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán transmitió el discurso durante un informativo diario en árabe emitido hacia Oriente Medio. Sus intervenciones radiofónicas desde la emisora alemana en árabe fueron regulares durante toda la guerra, dirigidas a audiencias en Palestina, Egipto, Irak y el norte de África, mezclando teología islámica con antisemitismo racial europeo.

La colaboración con el reclutamiento militar fue igual de significativa. En febrero de 1943, Hitler aprobó la creación de la 13.ª División de Montaña de las Waffen-SS, conocida como División Handschar. El jefe de las SS Heinrich Himmler autorizó el reclutamiento de musulmanes bosnios para la unidad, y en marzo y abril la Oficina Central de las SS envió a al-Husayni a colaborar en los esfuerzos de reclutamiento. Sus discursos y su autoridad carismática resultaron decisivos para mejorar notablemente el alistamiento. En uno de esos discursos en Sarajevo declaró que los países que sufren bajo el yugo británico y bolchevique esperan el momento en que las potencias del Eje salgan victoriosas, y definió a los musulmanes bosnios como la primera división islámica que sirve de ejemplo de colaboración activa. La División Handschar cometió brutales crímenes de guerra contra serbios cristianos, gitanos y judíos. Al-Husayni llegó a decir a los imanes en formación para la división que los musulmanes no tendrían nunca un aliado mejor ni más leal que el Gran Reich Alemán.
Entre mayo y junio de 1943, al-Husayni escribió a los gobiernos de Bulgaria, Alemania, Italia, Hungría y Rumanía exigiendo que no participaran en los esfuerzos británicos para transferir judíos desde Europa hacia Palestina. Sus cartas instaban a esos gobiernos a enviar en cambio a los judíos bajo su control a Polonia, donde operaban los campos de exterminio. Adolf Eichmann, responsable de la deportación de los judíos europeos, mantuvo reuniones con al-Husayni en Berlín; el propio al-Husayni reconoció haberse reunido con él. La intervención epistolar contra los traslados de refugiados constituye el ejemplo más directo y documentado de su participación activa en obstaculizar cualquier vía de escape del exterminio.
A mediados de 1944, al-Husayni aceptó participar en el comité organizador del Congreso Internacional Antijudío planeado por Alfred Rosenberg, ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, cuyo propósito era demostrar que los Aliados combatían la Segunda Guerra Mundial exclusivamente en beneficio de los judíos y desarrollar estrategias de investigación para combatir la judería. El congreso, previsto para el 11 de julio de 1944 en Cracovia, fue cancelado cuando el Grupo de Ejércitos Centro alemán se desintegró en el frente del Este. En marzo de 1944 emitió por radio el discurso más explícito de su colaboración con el exterminio: exhortó a sus oyentes a levantarse como uno solo y luchar por sus derechos sagrados, y a matar a los judíos donde quiera que los encontrasen, declarando que eso agradaba a Dios, a la historia y a la religión.
El 7 de mayo de 1945, horas antes de la rendición incondicional de Alemania, al-Husayni huyó a Bad Gastein. Quedó bajo custodia francesa en París, con estatus de arresto domiciliario, pero nunca fue sometido a juicio por crímenes de guerra. La presión del secretario general de la Liga Árabe persuadió a los gobiernos occidentales de no juzgarlo. Regresó a Egipto en 1946 y continuó desde allí su actividad política, oponiéndose al Plan de Partición de la ONU de 1947 y organizando milicias propias durante la guerra árabe-israelí de 1948. Tras la derrota árabe, su credibilidad política quedó destruida y fue progresivamente marginado. Murió en Beirut el 4 de julio de 1974.
La historiografía contemporánea distingue con precisión entre lo que al-Husayni fue y lo que algunos han exagerado que fue. No ordenó ni diseñó el Holocausto, cuya arquitectura fue obra exclusiva del aparato nazi. Pero sí colaboró activamente con ese aparato en la propaganda antijudía dirigida al mundo árabe y musulmán, en el reclutamiento de combatientes para divisiones SS responsables de crímenes de guerra, y en las gestiones diplomáticas destinadas a impedir que judíos bajo dominio europeo escapasen hacia Palestina. Fue, en la terminología que los historiadores aplican al Holocausto, un colaborador activo en la caza y genocidio de judíos.

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